La familia en Navidad – Hordas de gente

Fieles a su cita de todas las semanas, al menos durante estas Navidades del 2014, ya está aquí una nueva entrega de nuestra familia preferida: la de la tienda, la familia Cosasderegalo.com. Ya los conocéis: 6 miembros con carisma que andan de preparativos para las fiestas más famosas (y duraderas) de todo el año, sufriendo multitud de anécdotas con las que nos han hecho disfrutar durante cuatro semanas. O cinco, que ya tenemos aquí una nueva entrega. Y en esta ocasión nuestra familia sale de compras, dándose de bruces con la realidad propia de estas fechas: los embotellamientos y aglomeraciones. ¿Qué les ocurrirá? Sólo lo sabréis si leéis nuestro relato. ¡Esperamos que lo disfrutéis!

Capítulo 5: Hordas de gente

La familia en Navidad - Hordas de gente

Lluvia, frío y un domingo en el que los comercios permanecían abiertos para goce y disfrute de los posibles compradores. ¿Había algo más tentador para una familia como la de CosasdeRegalo.com? Algunos de sus miembros coincidieron en que no, por lo que ese mismo día por la mañana, a la hora del desayuno, después de que todos se hubiesen aseado mínimamente tras levantarse de sus respectivas camas, se encontraron delante delante de las viandas con el alma repleta de ganas por salir de casa y, por contra, el cuerpo deseoso de acurrucarse en la pereza dominical. ¿Cuál de los dos contrincantes ganó? Regalona, Regaleta y Regalino apostaron por el primero; Regalete, Regalón y Regalina por el segundo. Y acabaron jugándose el todo por el todo: vencería quien consiguiera mantener más tiempo intacta una galleta recién humedecida en el café con leche.
—Seré yo —desafió Regalino manteniendo en vilo su seca galleta.
—No, voy a ganar yo.
Regalina aceptó el reto mientras se preparaba de idéntica manera: su taza de café con leche sobre la mesa (descafeinado, que aún no tenía edad para tomar el café de los mayores) y la galleta a escasos diez centímetros sujeta por encima; dando la impresión de que aquella galleta era un saltador al vacío segundos antes de lanzarse en plancha contra una diminuta piscina.
—Preparados… —Regalete ejercía de juez en la contienda familiar—. Listos… ¡YA!
Regalino y Regalina sumergieron al unísono sendas galletas en el líquido caliente, las alzaron y esperaron impacientes a ver cuál de las dos se deshacía antes. Como en los instantes previos a un acontecimiento increíble, la familia permanecía expectante observando cómo el tiempo se estiraba igual que una masa de pizza, viendo las gotas de café rezumar de la masa mojada a cámara lenta para caer libremente a la taza volviendo así a su cálido hogar. Camino que siguió primero la galleta de Regalina, precipitándose en plancha sobre la superficie láctea al tiempo que salpicaba todo el mantel. Y a ella misma.
—¡Gané! —Regalino alzó los brazos victorioso sin preocuparse de su galleta, que saltó volando hasta aterrizarle a Regalina en la cabeza; ninguno se dio cuenta de aquella casualidad aparte de la chica—. ¡Nos vamos de compras, nos vamos de compras…!
Y de compras se fueron. Cayéndose su alma a los pies, la de los seis, aquella que reclamaba una jornada consumista, nada más subieron a la primera planta del centro comercial después de haber aparcado el coche en el parking subterráneo. ¿Regalaban algo aquel domingo y ninguno se había enterado? Hordas de gente, oleadas de personas que parecían refugiarse de un cataclismo en el centro comercial mientras deambulaban apretujadas por las avenidas flanqueadas a ambos lados por escaparates, les salieron al paso con una mezcla tal de hastío en los ojos que más parecían zombis que personas.
—¿Qué pasa hoy?
Regaleta alzó la voz para hacer la pregunta, pero acabó acallada por el ruido ensordecedor de la muchedumbre.
—¿Y si nos vamos? —preguntó Regaleta. Tampoco la escucharon—. ¿Hola?
Los seis avanzaron en grupo pegados contra el escaparate izquierdo sufriendo los apretujones del resto de compradores. Al ser incapaces de contemplar tranquilamente ninguna de las tiendas, la familia avanzó pesadamente hasta las escaleras ascendentes, coincidiendo por gestos en que debían subir a la última planta tratando así de abandonar la zona de compras. Dicho y hecho. Minutos después, salían de de las escaleras mecánicas para encontrarse en el tercer piso y darse de bruces con idéntica realidad: incluso los bares y restaurantes estaban anegados de gente, permaneciendo tan llenos de comensales que casi podía pensarse que regalaban la comida.
—No la regalan, ¿verdad? —Regalina puso voz a los pensamientos de todos, dando a continuación un paso más—. ¿Y si nos volvemos a casa?

—Qué bien se está en casa, ¿verdad?
Regalón emitió un suspiro tras sus palabras aprovechando para tirarse literalmente sobre el sofá colocando después las piernas sobre la mesilla. Regalino imitó a su padre ligeramente frustrado; aunque habiendo coincidido con el resto de la familia en que resultaba imposible salir de compras un domingo festivo. Al menos durante los días previos a Navidad.
—Nada de salir al centro comercial lo que queda de año —dijo Regalona. El resto asintió—. Se está mucho mejor en casa comprando por internet todo lo que aún nos queda para las fiestas.
—Que es muy poco —apuntó la abuela Regaleta.
Se hizo el silencio. Como una recompensa tras una dura jornada de apenas una hora de trabajo, los demás miembros de la familia imitaron al padre y al hijo yendo a depositar su magullado cuerpo sobre los esponjosos cojines del sofá. ¿Cómo podía soportarlo la gente? Imposible saberlo. Pero sí que había algo que todos aprendieron: la pereza del domingo estaba ahí para algo.
—¿Y si pedimos una pizza para comer?
Igual que un público entregado tras el concierto de su artista favorito, la familia al completo aplaudió la sugerencia de Regalino.

Capítulos anteriores:

  1. Inicio de los preparativos.
  2. Un Black Friday para mamá.
  3. Hace falta un nuevo árbol.
  4. Venganzas, reproches e infusión caliente.

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